Familias unidas por los derechos de nuestros hijos e hijas
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Doce motivos fundamentales en favor del carácter innato de la homosexualidad

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3 marzo, 2016

Dr. med. M. Hirschfeld En el presente artículo expondremos sumariamente la recopilación de los motivos que hablan en favor del carácter innato de la homosexualidad. I. Casi todos los hombres y casi todas las mujeres homosexuales pueden recordar que su instinto sexual se orientó, desde el primer momento de su despertar, hacia personas del mismo […]


Dr. med. M. Hirschfeld

En el presente artículo expondremos sumariamente la recopilación de los motivos que hablan en favor del carácter innato de la homosexualidad.

I. Casi todos los hombres y casi todas las mujeres homosexuales pueden recordar que su instinto sexual se orientó, desde el primer momento de su despertar, hacia personas del mismo género. Ya V. Magnan, el gran psiquiatra francés, quien todavía contaba a la orientación sexual hacia personas del mismo género entre las enfermedades mentales de los degenerados, dice que: “La homosexualidad se manifiesta con frecuencia en la temprana juventud, y precisamente esto es característico; no hay nada que hable más en favor del carácter hereditario de esta anomalía que su temprana aparición”[1]. Dos años antes, Magnan observaba en otra ponencia que: “Se trata, en el caso de lo que Westphal llamaba inclinación sexual contraria, y que, Charcot y yo describimos como inversión de la inclinación sexual (inversion du sens génital), de una manifestación patológica presente desde el inicio, pues la alteración ya se manifiesta en la temprana juventud, en ocasiones a partir del quinto año de vida, y por lo tanto se pone en evidencia antes de que una educación deficiente o de que las costumbres viciosas hayan podido corromper a la persona”.[2]

II. A pesar de que en todos lados, en innúmeras obras de arte, en forma verbal y por escrito, se pondera y se celebra el amor hacia el género opuesto, la orientación homosexual se abre camino. Se abre camino, a pesar de que los compañeros —con frecuencia precisamente aquellos que el joven homosexual admira— no dejan de alabar al amor heterosexual. Se abre camino, a pesar de que todo el contexto ejerce una gran influencia en sentido contrario. Se abre camino, a pesar de que todavía nada se sabe del uranismo como tal. Se abre camino, a pesar de que lo que se ha oído susurrar ocasionalmente sobre relaciones con personas del mismo género ha sido calificado como repugnante. Un escritor homosexual me escribió lo siguiente: “Para mí lo fundamental es que, a pesar de que mi primer contacto sexual fue con una mujer —fui seducido por una niñera— y que, a pesar de que fui educado desde mi juventud para apreciar lo femenino, y que en mis lecturas se veneraba el amor hacia la mujer, la inclinación hacia el género masculino apareció ni bien me liberé de la imposición.”

III. Ya antes de la madurez sexual se desarrollan en el niño, que luego será homosexual, rasgos caracterológicos que lo diferencian de aquellos niños que cuando lleguen a adultos se sentirán heterosexuales. Llama sobre todo la atención que los niños manifiestan un ser tendiente a lo femenino y las niñas un ser tendiente a lo masculino. Schrenck-Notzing[3] sostiene que esto es una demostración “del carácter innato de la orientación sexual contraria”. Presentamos aquí además dos breves testimonios como ejemplos típicos. Escribe un escritor homosexual: “La frase ‘Hubiese sido mejor que fueras una niña’ tuve que oírla infinitas veces. Cuando tenía cinco años, con frecuencia tomaba un paño y me envolvía en él de manera que caminaba arrastrándolo, y decía: ahora soy una niña. ¡Esa era mi mayor diversión! Me retraía frente a los varones, pero en aquel entonces no me daba cuenta de que yo era distinto.” Una mujer homosexual relata: “Ya cuando niña me encantaba ponerme la gorra y el saco de mi padre, me subía a los árboles más altos y siempre me llamaban niño”.

IV. Otro argumento en favor del carácter innato de la orientación homosexual es que en los primeros sueños eróticos (sueños con poluciones) aparecen personas del mismo género. Resulta ejemplificador el siguiente comentario: “Fue notable un sueño de naturaleza totalmente homosexual, a pesar de que en aquel entonces no tenía la menor idea del amor entre personas del mismo género. Este sueño es para mí la demostración más clara de que mi homosexualidad es innata. Uno de mis maestros, un bello hombre soltero, era mi ídolo. Teníamos con él geografía e historia, mis materias favoritas. Para agradarle, me preparaba cuidadosamente para sus clases y muy rara vez no resolvía alguna de sus preguntas. Soñé con él de un modo tan vívido, que cuando desperté tuve la clara sensación de que él estaba conmigo en la cama. El sueño era increíblemente sensual y tuvo por efecto una eyaculación. Muchas veces pensé en esto, pero nunca se lo comenté a nadie porque me avergonzaba.”

V. Aun antes de la pubertad, los futuros homosexuales se sienten atraídos por personas que se corresponden aproximadamente con el tipo que más tarde los excitará eróticamente, y no son en absoluto conscientes de que se trata de sentimientos sexuales incipientes. Pongo aquí como ejemplo los casos de dos mujeres homosexuales pertenecientes a la aristocracia. Una de ellas escribió al respecto lo siguiente: “La primera sensación de devoción por un ser femenino, me acuerdo bien, la experimenté a los nueve años. Me la inspiró una muchacha joven y bonita que tenía 17 años. Pero yo era totalmente inocente. Me bastaba plenamente con mirar a la mujer que despertaba mi entusiasmo y seguirla de lejos. Nunca intercambié con ella ni una palabra ni tampoco experimenté el deseo de hacerlo. A la edad de 13 años y medio ingresé a un convento de monjas ursulinas, donde permanecí dos años. Me entusiasmé sucesiva y simultáneamente con toda una serie de monjas, con las así llamadas ‘maestras seculares’ y con las pupilas de mayor edad. Aun cuando estos sentimientos de devoción eran en algunos casos sumamente intensos, nunca inspiraron un deseo mayor que besar las manos o también las mejillas de las admiradas, no se me ocurría ni por asomo un beso en la boca. Aquí debo agregar que amaba muchísimo a mi madre, y que ella lo era todo para mí. Desde pequeños ella nos había dicho que ‘no se besa en la boca, que eso lo hacían solamente hombre y mujer, que se debía besar solamente la mejilla’. Eso era para mí algo bien sabido, y estaba convencida de que el besar en la boca era algo repugnante. ¡Recién mucho más tarde cambié de opinión! Pero sentía la necesidad de ofrecerles a mis amadas mis servicios de caballero, llevarles cosas, abrirles las puertas o cosas similares, y cuando tenía clase con una monja o con una maestra a la cual veneraba, me esforzaba especialmente, y me indignaba vivamente cuando la maestra era molestada por alguna compañera. Mi mayor placer consistía en que una de mis admiradas me diera un suave beso en la mejilla. Más tarde, en las horas de amor más apasionadas, casi no experimenté una felicidad tan grande como la que sentí una vez en el convento. Una pupila mayor, a la cual veneraba apasionadamente, y a la que hacía mucho que le había pedido que me diera un beso, un día tomó de repente mi cabeza entre sus manos y me besó efusivamente las dos mejillas, acorde a la costumbre francesa, habitual en el convento. Todavía recuerdo como si hubiera sido ayer la forma en que me quedé paralizada de felicidad, solamente tartamudeando el nombre de mi amada.”

La otra mujer relató lo que sigue: “Me enamoré por primera vez de una educadora que enseñaba en una propiedad vecina. Tenía cabellos oscuros y grandes ojos grises, un tipo de persona que siguió siendo siempre de mi gusto. En una ocasión casi me maté por ella, ya que salté de un auto en plena marcha para abrirle la puerta del suyo. Tenía alrededor de 12 años. A los 14 años de edad, mis padres se mudaron a la ciudad. Iba al teatro. Allí había dos mujeres a las que adoraba, y frente a las cuales me mostraba todos los días o caminaba detrás de ellas durante horas, siguiéndolas. Luego vino la época en la que los hombres empezaron a cortejarme. Eso me causaba gracia, pero no sentía nada. Así transcurrieron varios años. Del amor entre personas del mismo género no tenía idea, pero cuando sentía algo especial por una u otra mujer pensaba que se trataba de un vívido sentimiento de amistad.

VI. El carácter innato de la homosexualidad también puede deducirse a partir de que la homosexualidad está profundamente vinculada a la personalidad. El hombre y la mujer homosexuales no se diferencian de los hombres y las mujeres heterosexuales solamente a partir de la orientación de su sexualidad, sino también a partir de lo peculiar de su individualidad, que en general se caracteriza por el hecho de que los caracteres sexuales masculinos y femeninos no aparecen definidos en una forma tan clara, sino que se manifiestan de una forma mixta. Esto no vale solo para los femeninos entre los hombres y las viriles entre las mujeres homosexuales, aquellos que han sido calificados como los verdaderos invertidos, sino que también aquellos hombres homosexuales que aparentemente son masculinos y aquellas mujeres homosexuales que son más femeninas se diferencian física y espiritualmente de las tipologías destacadas de su género. Excepciones a la regla son tan raras que se puede suponer que hubo errores durante la observación, condicionados por el carácter minucioso que implican las distinciones a tener en cuenta. Resulta notable la declaración de un psiquiatra homosexual extranjero: “Tengo y debo declarar que nunca he conocido un caso de homosexualidad al cual no haya tenido que calificar de innato. En todos los casos analizados por mí —ni bien las personas en cuestión lograban expresarse espontáneamente y abandonaban su máscara de ‘personas normales’— la homosexualidad era algo tan acorde al ser de cada uno, propio del individuo, que cualquier otra interpretación que no fuera la de algo innato, dicho de otro modo, una predisposición constitucional propia del psiquismo, me parecía imposible.”

VII. Habla también en favor de que la homosexualidad no es adquirida, sino innata, el hecho de que no se extinga. Si hubiera surgido por causas externas, entonces, habría que concluir, debería también poder extinguirse por medio de influencias exógenas. De este modo, no solo los heterosexuales deberían poder convertirse en homosexuales, sino que también los homosexuales deberían poder convertirse en heterosexuales. Esto se contradice con los resultados de una amplia experiencia. Por el contrario, es un hecho que hombres y mujeres de una enorme fuerza de voluntad y de espíritu no estuvieron en condiciones de modificar su orientación sexual. Dos ejemplos seleccionados de entre una gran cantidad de testimonios similares confirman lo dicho hasta aquí. Un homosexual de Suiza escribe: “Desde mi juventud me controlé con tenacidad y me esforcé con el mayor empeño en gobernar mis inclinaciones. Una que otra vez lo lograba, pero lamentablemente siempre volvía a hacer la misma experiencia; cuanto más reprimía mi inclinación, aparentemente con éxito, más violentamente regresaba. Esto acontece en general durante la noche, cuando se despierta repentinamente, cuando la fuerza de voluntad está debilitada por el sueño. ¿Qué fue lo que no intenté? Grandes determinaciones, votos, consultas a médicos, curas de agua, hipnosis y electricidad, la distracción de los pensamientos peligrosos por medio de ejercicios físicos, trabajar la tierra, viajes, servicio militar, estudios, lectura, etc. Sacrificaba objetos que amaba, ni la religión ni la filosofía me sirvieron. Sufría de hastío por la vida. Cuatro años estuve apasionadamente enamorado de un hombre joven, de mi edad, hasta que murió a los 24 años sin que nunca tuviera la oportunidad de expresarle nada. Era una vida infernal.”

Un obrero homosexual se expresa como sigue: “Mi madre, que era muy creyente, me educó en una profunda religiosidad. Cuando tuve en claro mi estado espiritual, pedí a Dios de un modo ferviente que me mostrara una salida a mi angustia. Cuando vi que mi situación no cambiaba, a pesar de que me controlaba férreamente y de que libraba terribles luchas, perdí la fe en Dios.

VIII. Por otra parte, deben presentarse en favor del carácter innato de la homosexualidad dos importantes deducciones analógicas. Una se refiere a la concordancia absoluta de homosexuales y heterosexuales en lo que hace a la orientación afectiva, en todas sus manifestaciones secundarias, en su búsqueda y anhelo, en sus alegrías y sufrimientos, en sus formas, en su frecuente idealización, pero también en su carácter totalmente falto de idealismo, en su enorme y extraordinaria diversidad, y también en sus anomalías: fetichismo, sadismo, masoquismo y de todo tipo. Si partimos del supuesto que el amor hacia el sexo opuesto es innato a la mayoría de las personas, entonces podemos deducir analógicamente que en la minoría, el amor homosexual tiene el mismo origen. ¿Caso contrario, de qué otro modo ha de imaginarse —tal como lo encontramos en cientas de descripciones— el despertar del siguiente conjunto de sentimientos? “Poco antes de que descubriera mi verdadera naturaleza, me había enamorado profundamente de un suboficial de la artillería, un hombre de una soberbia y soberana belleza. Vivía muy cerca de mí. Cuando lo vi por primera vez en la calle, me quedé paralizado y seguí mirándolo hasta que desapareció. De ahí en más lo vi más seguido, ¡y cómo anhelaba yo esos encuentros! Cuando venía, se me entrecortaba el aliento, se me hacía un nudo en la garganta. Si íbamos en direcciones contrarias, entonces pegaba la vuelta y lo seguía, devorando con la mirada la maravillosa figura. Pronto descubrí aproximadamente a qué hora de la noche regresaba del cuartel a su casa. Me sentaba a la ventana y esperaba pacientemente solo para verlo unos pocos segundos. Cuando se retrasaba, solía esperarlo una hora y más, mientras leía un libro o un diario, sobresaltándome cada vez que escuchaba un tintineo de sable. Muchas veces temí que pudiera notar mi conducta, pero no, cuando pasaba delante de él, indiferente, su mirada se posaba en mí al igual que en cualquier otra persona. Así fue durante muchos años sin que nunca osara entablar contacto con él.”

IX. La segunda analogía a partir de la cual debe deducirse que el origen de la homosexualidad es innato, es la que sigue. Todas las diferencias sexuales son desviaciones de la media masculina o femenina. Si subdividimos estas diferencias sexuales, a los fines de ganar claridad, en cuatro grupos básicos, de los cuales el primero atañe a los órganos sexuales, el segundo a los demás caracteres corporales, el tercero a la orientación sexual y el cuarto a las demás diferencias sexuales espirituales, entonces cabe enumerar los siguientes tipos intermedios: teniendo en cuenta los órganos sexuales, a los hermafroditas, teniendo en cuenta los demás caracteres corporales, a los andróginos, teniendo en cuenta la orientación sexual, a los homosexuales y teniendo en cuenta las demás diferencias sexuales espirituales, a los transvestitas. Si tres de los grupos, los hermafroditas, los andróginos y los transvestitas son considerados manifestaciones innatas condicionadas porque el componente de la atrofia logró desarrollarse, en general durante el período embrionario, entonces puede concluirse que esto también es válido para el cuarto grupo. Cito aquí el siguiente pasaje de El hombre homosexual[4]: “Es una demostración del carácter natural y originario de una manifestación, cuando esta forma parte de una serie continua de manifestaciones naturales emparentadas, de modo tal que si faltara, su ausencia implicaría una discontinuidad en la serie. Esto es plenamente válido para la homosexualidad. Sería muy extraño si entre las fluidas transiciones de un género a otro, que pueden demostrarse a partir de cada órgano y de cada función, la orientación sexual representara una excepción. Si la totalidad de las características masculinas pueden aparecer circunstancialmente en forma aislada o en mayor proporción en una mujer, y a la inversa, si pueden aparecer la totalidad de las características femeninas en un hombre, hecho del cual no puede dudarse ni en lo más mínimo, entonces sería algo sumamente extraordinario si la orientación sexual representara la única excepción.”

X. El hecho de que la homosexualidad es de carácter innato me parece demostrable a partir de la ascendencia de los homosexuales. En muchos casos puede comprobarse o bien un carácter hereditario de tipo homogéneo o bien uno de tipo heterogéneo. Hay relativamente muchos casos de hermanos homosexuales, particularmente frecuente resultan los casos de un hermano y una hermana homosexuales, no pocas veces también primos y primas presentan la misma tendencia. También observé muchos casos en los que en una misma familia se presentan distintos estadios intermedios de homosexualidad. Así me lo relató hace poco, por ejemplo, una mujer transvestita, esposa heterosexual de un oficial, muy nerviosa (había sido adicta a la morfina), que su único hermano era homosexual. Un homosexual muy femenino, de origen ruso, pero criado en Alemania, declaró lo siguiente: “Mi única hermana, de la cual fui separado en mi infancia, tiene prácticamente todos los encantos de un hombre. Estudia medicina en San Petersburgo, fuma y practica muchos deportes. En la escuela sentía una gran devoción por su maestra, y vive, compartiendo una amistad muy estrecha, con una compañera de estudio ”.

Pero también se da con mucha frecuencia que en las familias de los homosexuales existe una inclinación, más leve o más severa, a las neuropatías o también hay factores, como por ejemplo la consanguinidad entre padres, de la cual sabemos que en general no es favorable para la armonía del sistema nervioso central. Aunque no compartamos el punto de vista de Magnan[5] que decía: “La inversión de la orientación sexual no es una enfermedad en sí misma, sino la señal de un estado general de enfermedad, un síndrome en el marco de una degeneración hereditaria”, sino que coincidimos más con Näcke[6], que expresó “que la homosexualidad por sí sola no implica una degeneración, que hay homosexuales totalmente sanos física y espiritualmente, que la homosexualidad es un estigma como otros, aunque no tan grave como muchas veces se la ha querido presentar”, sí resulta indiscutible una tendencia familiar a las neuropatías, tema que aquí nos interesa en primera línea en función de lo hereditario.

XI. El hecho de que la homosexualidad se encuentra testimoniada en la organización del género humano se confirma por su presencia en todas las épocas, en todos los puntos cardinales, en todas las culturas, en todos los oficios y en todos los estadios culturales. Sí, parece ser que entre todos los seres sexuados que presentan los dos géneros, también en el mundo animal y vegetal, existe siempre un grupo de individuos que no son atraídos por el sexo opuesto, sino por su mismo sexo. Schopenhauer, que por cierto demostró, a pesar de ser un gran pensador, bastante poca comprensión por las causas y la esencia de la homosexualidad, subrayó especialmente la ubicuidad de la homosexualidad para demostrar “que ella de algún modo debe surgir de la misma naturaleza humana”. Transcribimos textualmente esta cita de “La metafísica del amor sexual” que se encuentra en El mundo como voluntad e imaginación: “En la página 620 mencioné al pasar la pederastia y la califiqué como un instinto mal encaminado. Esto me pareció suficiente cuando reelaboraba la segunda edición. Desde ese entonces, al seguir pensando en esta aberración, he descubierto un extraño problema, pero también su solución. Esta presupone el capítulo anterior, pero también lo ilumina, por tanto lo completa, como si fuera una prueba del punto de vista allí expuesto. Pues si se la observa, la pederastia no sólo es antinatural, sino también una monstruosidad que despierta la aversión y la repugnancia, una naturaleza retorcida y degenerada que podría haber surgido ocasionalmente alguna vez, y que se habría repetido en casos aislados. Pero si dirigimos nuestra mirada a la experiencia, descubrimos todo lo contrario: pues este vicio, a pesar de ser aberrante, estuvo plenamente en boga y fue frecuentemente practicado en todos los tiempos y en todos los países del mundo. Es sabido que la pederastia estaba muy difundida entre los griegos y los romanos, y que se reconocía y practicaba públicamente sin timidez ni vergüenza. Hay testimonios de sobra entre los antiguos escritores. Todos los textos de los poetas están llenos de ella, ni aun el casto Virgilio representa una excepción (Ecl.2). Se la atribuye a los antiguos poetas, a Orfeo (que por ello fue despedazado por las ménadas) y a Tamiris, e incluso a los dioses. Asimismo los filósofos hablan más de la pederastia que del amor a las mujeres: especialmente Platón no conoce otro tipo de amor, al igual que los estoicos, quienes la mencionan como digna de los sabios (Stob. ecl. eth., L.II, c.7). Platón incluso alaba en el Simposio al acto heroico de Sócrates cuando desprecia el ofrecimiento de Alcebíades. En las Memorabilias de Xenofón, Sócrates habla de la pederastia como algo inmaculado, incluso loable (Stob. Flor., Vol. I, p. 57).También en las Memorabilias (Lib. I. cap. 3, Párrafo 8), donde Sócrates mismo advierte sobre los peligros del amor, habla exclusivamente del amor a los muchachos, a punto tal que cabría pensar que no había mujeres. También Aristóteles (Pol. II., 9) habla de la pederastia como algo común, sin reprobarla, menciona que entre los celtas merecía los honores públicos, en Creta las leyes favorecían a la pederastia como un modo de evitar la superpoblación (c. 10), y relata el amor por los hombres del legislador Filolao, etc. Cicerón incluso dice: Apud Graecos opprobrio fuit adolescentibus, si amatores non haberent. Los lectores instruidos no necesitan de ejemplos de ningún tipo porque recuerdan cientos de testimonios, pues entre los antiguos los hay en gran cantidad. Pero incluso entre los pueblos más recios, por ejemplo entre los galos, el vicio estaba muy de moda. Si dirigimos nuestra mirada hacia Asia, vemos a todos los países de ese continente desde la antigüedad hasta la actualidad lleno de este vicio, y sin que haya una demostración de un esfuerzo excesivo por ocultarlo: los hindúes y los chinos no menos que los pueblos islámicos, cuyos poetas se hallan más ocupados con el amor por los muchachos que por las mujeres, como por ejemplo el libro Del amor de Gulistán de Sadi, que habla exclusivamente de la pederastia. Tampoco los hebreos desconocían este vicio, pues tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento se lo menciona como algo que debe ser castigado. Finalmente, en la Europa cristiana, la religión, la legislación y la opinión pública tuvieron que combatir a la pederastia con todo su poder: durante toda la Edad Media fue castigada con la pena de muerte, en Francia, en el siglo XVI todavía se la castigaba con la muerte en la hoguera y en Inglaterra, aún en el primer tercio de este siglo se la castigaba inevitablemente con la pena de muerte; actualmente la pena consiste en la deportación de por vida. Por tanto fueron necesarias medidas tan violentas para detener al vicio, lo cual en gran medida fue logrado, pero de ningún modo se extinguió, sino que anda con cuidado bajo el velo de un profundo misterio en todo tiempo y lugar, en todos los países y en todas las ciudades, y frecuentemente, donde menos se lo espera, repentinamente sale a luz. A pesar de la pena de muerte, tampoco en los siglos pasados fue muy distinto; esto está testimoniado por sus menciones y referencias en los textos de aquellos tiempos. Cuando tenemos presente y evaluamos todo esto, vemos que la pederastia aparece en todas las épocas y en todos los países de un modo que no difiere mucho de nuestra primera evaluación, y tal como la habíamos presupuesto a priori, a saber, que su amplia difusión y tenaz inextinguibilidad demuestran que de algún modo surge de la misma naturaleza humana, ya que solo por este motivo aparece inevitablemente en todo tiempo y lugar como una prueba del Naturam expelles furca, tamen usque recurret.”

XII. La última prueba del carácter innato de la homosexualidad surge por exclusión. Todos los motivos aducidos por autores que suponen que las personas heterosexuales pueden adquirir la homosexualidad a causa de una modificación de la orientación sexual, pueden rebatirse como no sustentables a partir de los más que suficientes datos proporcionados por la observación. En la amplia gama de textos sobre la homosexualidad se aducen por lo menos 80 motivos distintos para explicarla. Pero ninguna de estas explicaciones resiste una cuidadosa verificación, de modo que un análisis libre de prejuicios de estos factores, en apariencia tan fundamentales, debe concluir que la verdadera homosexualidad no surge de ningún modo por causas externas, sino que siempre es absolutamente endógena, que se origina exclusivamente en la constitución innata del sujeto, y que es una cualidad inseparable e inmodificable de la individualidad de una persona. Ya en mi primer pequeño texto dedicado a la homosexualidad[7] observaba, respecto de lo dicho por Krafft-Ebing: “Por eso tenemos la opinión, en oposición a Frh. v. Krafft-Ebing, este autor tan reconocido en el área, que no existe la orientación sexual contraria adquirida”. “La toma de conciencia de una orientación sexual no debe ser confundida con su aparición.” Hay muchas mujeres que recién después de su matrimonio ganaron claridad acerca de que en verdad albergaban sentimientos por su propio género. Lo mejor sería abandonar, tal como un autor lo toma de otro, la distinción entre orientación sexual contraria innata y adquirida. Incluso Krafft-Ebing subraya que sin que medie una predisposición, ni el onanismo ni cualquier otro motivo puede llevar a la orientación sexual contraria. Con esto reconoce que el carácter innato es fundamental. Nada surge de la nada. La “adquisición” es meramente una manifestación, un despertar de la orientación, totalmente análoga a las circunstancias que llevan a las exteriorizaciones de la orientación sexual normal.

Trad. Lic. Irene Stephanus

2002

[1] En las Ponencias psiquiátricas II/III traducidas por Möbius, Lipsia, 1892; en la IIª Ponencia del año 1887, p.26 y en la IIIª Ponencia de enero de 1885 sobre las desviaciones e inversiones sexuales.

[2] Freiherr von Schrenck-Notzing, La terapia de sugestión aplicada a manifestaciones patológicas de la orientación sexual (Die Suggestions-Therapie bei krankhaften Erscheinungen des Geschlechtssinnes), p.195.

[3] Ibid.

[4] Hirschfeld, Der urnische Mensch, p.126.

[5] Magnan, Ponencias psiquiátricas IV. Número 5, p.38.

[6] En la Revista General de Psiquiatría de Laehrs (Laehrs Allg. Zeitschrift f. Psychiatrie), 1902, p. 827.

[7] Safo y Sócrates: ¿Cómo se explica el amor de hombres y mujeres hacia personas del mismo género? (Sappho und Sokrates: Wie erklärt sich die Liebe der Männer und Frauen zu Personen des eigenen Geschlechts?), p.20 y ss.


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