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Ponencia Albert Arcarons en el 17° Congreso Mundial sobre Sida (AIDS 2008) México

ALBERTFAMILABuenos días,

Soy padre de dos hijas y dos hijos, uno de ellos homosexual, o, si lo prefieren, gay.

Cuando, a los 20 años, mi hijo me dijo que era gay mi respuesta fue: “Si quieres te llevo al psicólogo para que te cure”. Él me contestó: “Si alguien necesita un psicólogo, ese eres tú, papa”. Ahora sé que tenía toda la razón del mundo.

 

A mí nadie me había advertido de que uno de mis hijas o hijos podría ser homosexual, bisexual o transexual. Cuando me lo dijo se me cayó el mundo encima. Resultaba que mi hijo era uno de esos tarados y pervertidos que eran los homosexuales.

Me preguntaba: “¿Dónde me he equivocado en su educación para que ahora sea así?”.

Al cabo de unos dos años, de su salida del armario, nuestro hijo le dijo a su madre: “Existe una asociación de padres y madres de gays y lesbianas, a la que deberías ir”. Su madre le respondió: “Qué necesidad tengo si nosotros ya
aceptamos tu condición”. Pero tanto le insistió que al final fue.

Al llegar, la madre que le hizo la acogida le preguntó:

- En casa, ¿habláis del tema igual que habláis de lo heterosexual?

Mi mujer respondió:

- Pues no.

- ¿Veis películas con él cuyos o cuyas protagonistas sean homosexuales?

Mi mujer respondió:

- Pues no.

- ¿Tenéis en casa revistas de temática homosexual igual que tenéis de temática heterosexual?

Mi mujer respondió:

- No.

Y después la gran pregunta:

- ¿Compartís su vida con él?

En cuanto llegó a casa, mi mujer me dijo que teníamos un problema. Que nuestro hijo homosexual nos pedía ayuda, ya que no podía tener la misma relación con nosotros que los otros tres hermanos. Y decidimos asistir a la Associació de Pares y Mares de Gais, Lesbianes, (AMPGIL) de Barcelona, que es donde vivo.

Es inadmisible que lo poco que me enseñaron sobre la sexualidad no fuera cierto; que por este motivo mi hijo haya tenido que encerrarse en el armario, y que yo, su padre, le haya dado un par de vueltas a la llave. Resultaba que yo, que me las daba de padre progresista, que creía estar abierto a sus realidades y a sus temas de conversación, tenía un hijo que lo estaba pasando fatal porque es homosexual, y yo sin enterarme.

He tenido que ir a una asociación de padres y madres de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales, que ya habían pasado por lo mismo que yo, para que me enseñaran la verdad sobre la sexualidad.

¡Y vaya si me enseñaron ¡

Entre otras muchas cosas, aprendí algo tan simple a primera vista como que la única diferencia entre mi hijo gay y mi hijo heterosexual es que uno se enamora y le atraen sexualmente los hombres y que el otro se enamora y le atraen sexualmente las mujeres, que la homosexualidad solo se trata de amor. Esa palabra tan maravillosa, que todas las religiones nos aconsejan que practiquemos.

A mí, una de las reflexiones que más me ayudó a entender este hecho fue cuando me dijeron: “¿Tú puedes levantarte un día y decir, hoy me voy a enamorar de la persona que se siente al lado en el metro?”.

- Pues no, contesté yo.

- Claro -me respondió- ya que el amor es un sentimiento innato, y uno no puede evitar ese cosquilleo en la barriga, ese temblor de piernas, ese ruborizarte cuando estas al lado de la persona de la que te has enamorado.

- Después lo podrás expresar más o menos, lo podrás exteriorizar más o menos, pero no lo podrás evitar.

Pues este primer amor tan maravilloso, a mi hijo homosexual, le fue prohibido poderlo disfrutar.

¿Cómo creen que se sienten nuestras hijas e hijos llevando una doble vida por miedo a que sus padres, madres y familiares descubran que es lesbiana, gay, bisexual o transexual?

Debemos ser un apoyo, una referencia, un punto de refuerzo para que nuestros hijos e hijas LGTB superen sus propios prejuicios y miedos y se acepten, se gusten y se respeten tal y como son.

Si nosotras y nosotros como madres y padres hacemos un esfuerzo por superar nuestros propios prejuicios y miedos sobre la diversidad afectivo-sexual e identidad de género; si buscamos informarnos correctamente y transmitimos un mensaje de confianza y respeto hacia nuestros hijos e hijas, lograremos no sólo reforzar un canal de comunicación que nos permita hablar sin trabas entre nosotros, sino que además, les estaremos educando y construyendo como personas.

De nosotros depende que nuestros hijos e hijas compartan su vida en el ámbito familiar y que les podamos apoyar y aconsejar en aquello que necesiten.

En el mismo sentido, y en la medida del amor que les profesamos y la protección que les dedicamos, también resulta difícil y doloroso aceptar y comprender la vida de nuestras hijas e hijos VIH positivos; es decir, de aquellos que han entrado en contacto con el virus.
 
Así, en el supuesto que cualquiera de nuestros hijos o hijas hubiera contraído el VIH, resulta muy importante que nosotros como madres y padres, hayamos dado con anterioridad el paso de comprender la orientación sexual y la identidad de género de nuestros hijos e hijas LGTB, con el fin de evitar un efecto sumatorio negativo.

Como en cualquier otra enfermedad, una parte esencial para afrontarla, sobrellevarla y superarla, es el apoyo y el cariño de la familia. De modo que si nosotros como familia no hemos logrado aceptar aún la orientación sexual e
identidad de género de nuestras hijas e hijos, más difícil nos va a resultar comprenderla si se añade la infección del VIH.

¿Se imaginan lo que puede representar para una hija o hijo el no poder compartir sus miedos con su familia al enterarse de que ha contraído el VIH?

¿Cómo creen que se siente?

Resulta obvio que en aquellos núcleos familiares en los que no se fomenta el diálogo y el respeto en cuanto a la orientación sexual e identidad de género de los hijos, no existe el refuerzo necesario de los hábitos sexuales saludables, con lo que el mensaje de prevención tanto para el VIH como para otras infecciones de transmisión sexual (ITS) resulta inoperante; y el riesgo de “dejarse llevar por el momento” toma fuerza frente a las prácticas de sexo seguro.

Uno de los grandes errores que cometemos los padres y madres es omitir la importancia de nuestro papel en la educación sexual de nuestros hijos e hijas. Estos, como jóvenes en pleno proceso de desarrollo personal, probarán, descubrirán y afianzarán toda una serie de actividades y hábitos sexuales hasta definir su yo sexual. Por más que nos resulte incómodo como madres y padres, esto sucederá, tanto si queremos como si no.

No podemos negarles su sexualidad porque forma parte de su desarrollo personal; pero sí está en nuestra mano, como madres y padres, hacerles comprender la importancia de vivir una sexualidad sana.

Es sumamente importante que hablemos con nuestras hijas e hijos, independientemente de su orientación sexual e identidad de género, sobre sexualidad, y más importante aún es hacerlo con naturalidad y entereza.

También está en nuestra mano como madres y padres, servir a nuestros hijos e hijas de apoyo en momentos difíciles como el recibir la noticia de la infección por VIH-SIDA. No es fácil, por supuesto, para un padre o una madre que busca
la constante protección de sus hijos e hijas, aceptar que éste o ésta ha contraído el VIH.

Pero como en cualquier otra enfermedad, nos sentimos con el deber de estar a su lado, de ayudarles a aceptar su enfermedad, a convivir con ella y sus consecuencias, a transformar sus hábitos, a quererse a sí mismos en su nuevo
contexto y, sobre todo, a seguir amando la vida, más allá de sus inesperados y, a menudo inoportunos, giros.

Pero no sólo nosotros, como familiares, debemos implementar la educación como herramienta elemental de la prevención, sino que también debemos exigírselo con firmeza a aquellos órganos competentes en dicha materia. Les pedimos a las autoridades y a la Administración en general, a los políticos y a los diversos agentes sociales implicados, decisión en la lucha contra las enfermedades de transmisión sexual y en concreto, contra el VIH-SIDA.

Hace falta que esta educación en materia de prevención se institucionalice en la enseñanza pública y privada, se desarrollen campañas que ayuden a las madres y padres a dotarse de las herramientas educativas adecuadas y de información fiable y actualizada, para poder hablar de salud sexual con sus hijas e hijos.

Quiero recordar, a cada cual en función de sus responsabilidades, que la medicina más eficaz y económica es la prevención.

Cuando no hay diálogo entre nosotros y nuestros hijos e hijas; cuando no les informamos y educamos sobre prácticas sexuales saludables; cuando no estamos dispuestos a aceptar y respetar sus vidas como lesbianas, gays, bisexuales, transexuales o heterosexuales; o cuando sencillamente nos resulta más fácil cerrar los ojos, taparnos los oídos e ignorar la realidad, estamos cometiendo un grave error.

Para ello, repito, es esencial el diálogo, hacerles sentir que queremos formar parte de sus vidas y que queremos ayudarles si lo necesitan.

A través del diálogo, podemos enseñarles a usar barreras de látex en sus relaciones sexuales, evitando así las infecciones de transmisión sexual como el VIH-SIDA. Convencidos de que la ignorancia es la peor de las compañías, podemos asesorarles sobre el riesgo de cada práctica o sobre la importancia de asistir regularmente al médico especialista para hacerse un chequeo o las pruebas del VIH. Podemos evitar que cometan errores, como no usar métodos profilácticos por miedo al rechazo, o practicar el sexo sin control bajo los efectos de alcohol y drogas, o en condiciones de higiene dudosa (pequeñas
lesiones al afeitarse, depilarse, cortarse las uñas, lavarse la boca…).

Para mí, todos mis hijos tienen los mismos derechos y obligaciones, pero, por desgracia, la mayor parte de la sociedad no lo entiende así.

Y yo me pregunto: qué derecho tiene la sociedad a privar a uno de mis hijos de la libertad de amar. Es más, ¿qué papel juego yo como padre en esta situación de desigualdad?

Solo me queda la obligación de exigir a la sociedad el trato igual para todos mis hijos.

Ahora, como padre, quiero evitar en la medida de lo posible que mis hijos e hijas y la sociedad en general cometan errores que no puedan tener vuelta atrás.

Espero que dentro de poco, igual que ahora está penalizado el mobbing empresarial y el bullyng en las escuelas, esté penalizado también el trato homofóbico dentro de la familia.

Sí, señoras y señores, el padre o la madre que encierra a su hijo o hija en el armario merece ser castigado por la ley. Ya que la mayoría de las veces los maltratos psicológicos son peores que los físicos.

Pero para que esto se pueda llegar a hacer, primero hay que educar a los padres y madres y a la sociedad, contándoles la verdad sobre lo que es el sexo, la identidad de género, la orientación-afectiva sexual, los roles de género y la práctica sexual.

Actualmente llevo seis años en la asociación de padres y madres de Barcelona y son dos a la que hoy estoy representando, ambas basadas en la filosofía de PFLAG Asociación de Estados Unidos. He visto multitud de padres y madres que han andado el mismo camino que yo, cuando se les ha enseñado la verdad sobre la sexualidad.

Debería de haber una asociación de este tipo en todas las ciudades, pueblos y barrios, ya que son capaces de explicar y hacer entender la realidad sexual, cosa que no ocurre en la mayoría de parvularios, escuelas, institutos y universidades, por no decir en todas.

A mí, personalmente, que uno de mis cuatro hijos sea gay me ha hecho mejorar como persona. Soy más respetuoso, comprensivo, admito mucho mejor la diversidad, he dejado de ser machista y me ha hecho mejorar la relación con mis otros tres hijos heterosexuales.

De nosotros, padres y madres, también depende formar a nuestros hijos e hijas como personas para que, generación tras generación, esta sociedad sea diversa, que no desigual, y más justa.

Muchas gracias.

Albert Arcarons

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